Soy ateo

Este texto lo tome del sitio web epsilones.

Evidentemente tú puedes ser un científico y tener creencias religiosas, pero no pienso que puedas ser un científico en el más profundo sentido de la palabra, dado que son categorías de conocimiento totalmente extrañas.

Peter Atkins

Las siguientes preguntas más frecuentemente planteadas (FAQ’s en su acrónimo inglés) no pretenden ser un tratado de ateísmo, sino dar rápida respuesta a todos aquellos que se interesan por la salvación de mi alma, que, sorprendentemente, son bastantes. No los reproduzco aquí porque piense que mis pensamientos sean especialmente interesantes: tan solo lo hago para evitarme tener que decir las mismas cosas una y otra vez. Quiero dejar claro ante todo que casi nada o nada de lo aquí dicho es original. Soy un lector que va componiendo su particular puzzle poco a poco, nada más. Para no sobrecargar el texto he renunciado casi por completo a citar las fuentes. De todos modos, si alguien quiere conocer el origen de alguna de las ideas, estaré encantado de proporcionar las referencias pertinentes.

El punto de vista utilizado en cuanto sigue es el de la racionalidad. Quien siga leyendo solo encontrará argumentos, buenos o malos, pero argumentos, y nada de verdades reveladas, impresiones personales o profesiones de fe.

Si tu pregunta no está aún aquí estaré encantado de atenderla en la medida de mis capacidades. Tanto a quienes ya han escrito como a quienes escriban en el futuro quiero agradecerles su colaboración, pues cuanto aquí se puede leer se debe a sus preguntas y matizaciones.

A continuación viene una lista con las cuestiones agrupadas por temas. Al final incluyo una bibliografía urgente sobre los asuntos tratados.

 

Ateísmo

Religión

Las grandes preguntas

Sobre el conocimiento

Sobre dioses


Ateísmo

¿Por qué eres ateo?

Porque hasta ahora no he encontrado el más mínimo indicio de la existencia de ningún ser sobrenatural. Sí he encontrado indicios que sugieren la existencia de los elefantes, los volcanes, el aire, las rosas, los átomos, los sentimientos, las estrellas, los libros y los humanos. Pero ninguno que sugiera la existencia de seres sobrenaturales. Tampoco he encontrado que la hipótesis de la existencia de seres sobrenaturales ayude a explicar nada. Por el contrario, postular su existencia lo único que hace es complicarlo todo aún más.

¿Por qué haces manifestación pública de tu ateísmo?

Son varias las razones:

  • Considero conveniente que la gente sepa de qué va quien está detrás de Epsilones. Yo soy quien está detrás de Epsilones. Y soy ateo. Esta afirmación no es extensible a los colaboradores de Epsilones, que en general no sé si son ateos o no.

  • Vivimos en un mundo en que muchos parecen empeñados en separarnos en bandos según las creencias religiosas de cada cual. Por eso considero bueno que se sepa que hay gente sin creencias religiosas. Yo, por ejemplo.

  • En concreto, en la unidad política en la que vivo, llámesele España o Estado Español (que cada cual elija lo que más le guste, a mí me da igual), hay un montón de gente que, por oposición a los que vienen de fuera con otras creencias, habla de “nuestra religión” refiriéndose al cristianismo católico, apostólico y romano. Quiero dejar claro que ese “nuestra” a mí no me incluye.

  • El ateísmo no tiene símbolos, gracias a dios (es una broma). Eso hace que se nos note menos que a otros que llevan sus símbolos colgados del cuello. Pero existimos. Y somos gente más o menos normal. Quiero que se sepa. También por esto digo que soy ateo.

  • Me apetece decir lo que pienso.

¿Es el ateo un ser amoral?

Pese a que las iglesias de la mayoría de las religiones han pretendido tener el monopolio de la moral, la moralidad no tiene por qué depender de ninguna creencia. De hecho se puede ser ateo y vivir de acuerdo con la moral cristiana, por ejemplo. No es mi caso, pero se puede.

La moral es un conjunto de reglas de comportamiento producto de la tradición, de la costumbre y, a veces, del pensamiento. Casi todo el mundo desarrolla de modo inconsciente y a partir de materiales diversos un sentimiento acerca de lo que está bien y de lo que está mal. Algunos reflexionan sobre ello, es decir, hacen un poco de ética, y explicitan los orígenes y contenidos de su moralidad inconsciente, para después quedarse con esto y rechazar aquello. Otros se limitan a aceptar acríticamente lo que les cuentan gurús y sacerdotes varios.

Por poner un ejemplo, yo pienso que matar seres humanos es malo. Pero no lo creo porque me lo haya revelado ninguna voz del más allá, sino porque me gustan más las sociedades en las que el asesinato está mal visto. Me hace sentir más seguro.

Queda una última posibilidad: la de seres auténticamente amorales. La verdad es que se me antoja improbable, aunque hay que reconocer que algunos se comportan como si lo fuesen.

Resumiendo: no, ateísmo y moralidad no son incompatibles. Tampoco son incompatibles creencia e inmoralidad.

Nota: amoral es aquel que no tiene moral. Inmoral, el que, teniéndo moral, se la salta.

¿Es el ateísmo otra religión?

El ateísmo no es una religión, pues no defiende ningún conjunto de creencias. Hay una asimetría fundamental entre creer y no creer. Creer supone definir de alguna manera, defender una posición concreta. No creer no implica nada de eso. Si alguien dice que los unicornios existen es él quien debe dar las pruebas. Los abogados dirían que la carga de la prueba la tiene el que postula la existencia de los unicornios. Yo, que no creo en los unicornios, no tengo por qué probar que no existen. Solo recaería en mi la carga de la prueba en el caso de que alguien hubiese previamente propuesto pruebas de existencia.

Hay muchos empeñados en decir que el ateísmo es una opción más, pero esto solo se puede decir desde la más absoluta mala fe. Yo no creo que no haya dios. Yo pienso que no hay dios. Creer no es pensar. De hecho, creer es lo contrario de pensar. Si digo que soy ateo es para indicar, entre otras cosas, que no me interesan en absoluto las creencias del personal. Solo me interesan sus pensamientos. ¿Se puede pensar que dios existe? Pues quizá se pueda, aunque lo cierto es que hasta ahora nadie ha sido capaz de elaborar un pensamiento convincente acerca de la existencia de dios.

¿Por qué ateo y no agnóstico?

El agnosticismo es una posición excesivamente pudorosa que solo tiene sentido en un ámbito de pensamiento en el que se cree firmemente en la verdad. Si somos estrictos, ciertamente no podemos asegurar que dios no exista. Pero es que, si somos estrictos, no podemos asegurar nada, absolutamente nada. Lo más que podemos hacer es escoger entre las alternativas que se nos presentan.

Yo no sé, ni puedo saber con seguridad, si mañana saldrá de nuevo el sol. Creemos que va a salir por simple estadística, porque lo ha hecho desde que los humanos tenemos uso de razón. Pensemos en el Sol como el carro de Helios o como el astro alrededor del que se desplaza la Tierra en bonitas elipses, lo cierto es que ambas concepciones acerca del Sol son meras hipótesis, meras teorías. Que el Sol lleve cuatro millones de días saliendo, o cuarenta, no nos autoriza a asegurar que volverá a hacerlo mañana.

Sin embargo, si alguien me pregunta si mañana tendremos amanecer contestaré que sí. ¿Por qué? Pues porque frente a otras explicaciones míticas o científicas acerca de la naturaleza y costumbres del Sol, y por razones que ahora no viene al caso, prefiero la descripción de la física contemporánea, la cual, aplicando la relatividad general para describir la gravedad y la mecánica cuántica para describir las reacciones termonucleares, afirma que la estrella seguirá ahí al menos otros cinco mil millones de años.

¿Estoy seguro de lo que acabo de decir? ¡No, en absoluto! Pero a falta de certeza tengo que vivir con la que considero mejor descripción.

Los humanos desarrollamos a lo largo de la vida un mapa acerca del mundo. Ese mapa, alimentado por materiales de origen diverso, está constituido por nuestras elecciones, conscientes o inconscientes, acerca de cuanto nos ocurre alrededor. Lo terrible es que en ningún caso tenemos datos suficientes para alcanzar la certeza. Más aún: no es que no los tengamos, sino que no los podemos tener, porque sea cual sea la información de la que disponemos, siempre cabe la posibilidad de que algo se nos escape, de que un dato no sea cierto, incluso de que nuestro cerebro no tenga la capacidad suficiente para valorarlo todo pertinentemente y elegir con corrección.

La buena noticia es que pese a esa terrible falta de certeza, vivimos. Llenos de dudas, temores, incertidumbres, pero vivimos.

Los agnósticos consideran que lo referente al absoluto escapa del entendimiento humano. Puede ser que sí, puede ser que no. No hay forma de saberlo. Como tampoco podemos saber si el entendimiento humano es capaz de comprender la física del cosmos. Pero lo intentamos. Y establecemos teorías. Y las comparamos. Y elegimos. Y vivimos con nuestras elecciones.

Yo, de cuantas teorías he podido conocer, he elegido aquellas en las que no intervienen ciertos tipos de seres sobrenaturales. ¿Estoy seguro? Pues no. Entonces, si no estoy seguro, ¿por qué no digo que soy agnóstico en vez de ateo? Pues por lo mismo que no voy diciendo por ahí todo el día que no estoy seguro de si mañana va a salir el Sol.

¿Sobre quién recae la carga de la prueba?

En ¿Es el ateísmo otra religión? ya hablo del asunto, pero quiero insistir. ¿Quién debe de proporcionar la prueba, el ateo de la inexistencia de dios o el creyente de su existencia? En primer lugar, lo lógico es que quien afirma la existencia de algo sea quien dé las pruebas de su existencia. Si vengo de la selva y digo que he descubierto una nueva especie de lagarto es obvio que he de ser yo quien aporte las pruebas pertinentes. Solo después, una vez aportadas dichas pruebas, serán quienes pongan en cuestión mis afirmaciones quienes tengan la obligación de intentar refutarlas.

Además, hay casi tantos dioses como creyentes, de modo que una demostración general de la inexistencia de dios es imposible. Para unos dios es un ser personal a imagen y semejanza del hombre. Para otros se trata de una entidad abstracta . Para otros una indefinida sensación de pertenencia a un todo. Para otros es Elvis. Cada caso debe tratarse por separado.

Pero hay más, algo de carácter psicológico que me sorprende. Muchos creyentes me han dicho que debo ser el ateo quien demuestre la inexistencia de dios. En tales circunstancias me quedo perplejo, porque que yo me desentienda de Dios, yo, que nunca me he encontrado con Él, ni hablado con Él, ni sido testigo de ninguno de sus milagros; yo, que no me siento vacío ni perdido por su ausencia, me parece comprensible. Pero que ellos, que basan su vida en Él, no sientan la necesidad de probar su existencia, me parece extraordinario. E incomprensible. Debe ser el poder de la fe.

De todas maneras, una cosa es que no tengamos por qué y otra cosa es que no lo hagamos. Por eso en la respuesta a ¿Se puede probar la inexistencia de dios? se prueba, efectivamente, la inexistencia de dios.

¿Te crees en posesión de la verdad?

Pues sí. Pero no porque yo sea especialmente listo, sino porque cierta noche en la que las estrellas brillaban en el cielo con singular resplandor fui tocado por el divino tentáculo de Arbuarcargar, el Creador de Mundos. Nada más sentir su contacto el conocimiento entró en mí y comprendí el sentido de todo. Resulta que Arbuarcargar, el Creador de Mundos, fue encargado por Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir de encontrar los seres vivos más divertidos que fuese posible. Parece ser que Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir se aburre mortalmente en las largas noches cósmicas. Por eso, Arbuarcargar, el Creador de Mundos, se dedica a crear todo tipo de mundos y observarlos. Que un mundo le parece aburrido, lo elimina con un simple gesto de su divino tentáculo. Que un mundo le parece entretenido, lo deja continuar. Ahora mismo tiene en marcha dos mil trillones y pico de mundos en observación.

Lo terrible es que la hora del Juicio Final se acerca: Aquel-cuyo-nombre-no-se-puede-decir le ha dicho a Arbuarcargar, el Creador de Mundos, que ya está bien de pruebas, que quiere ya un mundo que neutralice su divino aburrimiento. Por eso Arbuarcargar, el Creador de Mundos, ya no va a crear más mundos, y se va a limitar a ir eliminando los que tiene hasta que solo quede uno. ¡Uno de entre dos mil trillones y pico!

Cuando le pregunté a Arbuarcargar, el ex-Creador de Mundos, que por qué me hacía a mi, humilde criatura, depositario de tal conocimiento, me dijo que había sido elegido para animar a mis congéneres a ser lo más divertidos posibles. Así que debo ser el profeta que guíe a los hombres y mujeres del mundo a cometer las mayores locuras, las mayores incongruencias, los más increíbles despropósitos. Al principio me vi agobiado por la responsabilidad pero, después, cuando lo pensé, me di cuenta de que era la tarea más sencilla del mundo.

Por eso, por la cuenta que nos trae, os digo: ¡sed divertidos!

Nota: aunque yo sea el verdadero profeta, reconozco el santo valor del pastafarismo.


Religión

¿Prohibirías la religión?

No. La creencia religiosa es, fundamentalmente, sentimiento, y los sentimiento no se pueden, ni se deben, prohibir.

La religión es irracional. Pero es que en ningún sitio está escrito que haya que ser racional. Serlo es una elección. El personal tiene derecho a elegir la irracionalidad si eso les place.

Otra cuestión es si la religión es nociva para el individuo. Pero también es nociva la televisión o la grasa de cerdo y no por eso vamos a prohibirlas: allá cada cual con su cuerpo y su mente.

¿Consideras nociva la religión?

Lo que viene a continuación lo he escrito pensando en la religión que mejor conozco, la cristiana, aunque la mayoría de las cuestiones aluden a lo que hace que algo sea religión, y no a los aspectos concretos de cada confesión religiosa, por lo que opino que casi cualquier religión se verá tocada en algún punto por lo que digo.

Sí, considero que la religión es nociva por las siguientes razones:

  • La religión obstaculiza el desarrollo ético de las personas. La religión, al imponer vía revelación un conjunto de reglas morales, dificulta, si no anula, la reflexión moral del creyente, sencillamente porque no necesita tomar decisiones: lo que está bien o mal le viene dado “de arriba”.

  • La religión subyuga políticamente a las personas. Su mensaje de salvación “para después”, su llamada a la resignación, al sufrimiento, a la aceptación de los designios divinos no contribuye precisamente a que la gente luche por mejorar sus condiciones de vida.

  • La religión sitúa fuera del juego de la razón al creyente, pues por encima de razones y argumentos están las “verdades” que le dicta su fe. Esto obliga a asumir un doble juego de verdades casi siempre incompatibles entre sí: las de la fe y las de la razón. Y a poner el carro delante de los bueyes, pues muchas veces se encuentra el creyente utilizando la más novedosa y potente de las facultades humanas, la razón, para justificar lo que ya creía previamente.

  • La religión establece una barrera entre el individuo y su propio cuerpo al decirle qué debe y que no debe hace con él con independencia de sus deseos. No somos almas atrapadas en cuerpos. Considerar el cuerpo un enemigo de la mente que emana de él mismo es la mayor de la aberraciones. Y de las ignorancias.

En resumen, la religión aliena al individuo, le saca de sí, le rompe ética, política, intelectual y hasta físicamente.

Bueno, lo alienaría si no fuese porque, afortunadamente, la gente cada vez se toma menos en serio su religión incumpliendo leyes, rechazando dogmas, viviendo su vida a su manera y quedándose tan solo con ese suave y cálido consuelo que da recordar de vez en cuando los familiares cuentos de la infancia…

¿Es la religión una superstición?

Para no liarnos con las palabras, veamos algunas definiciones:

  • superstición: “Creencia en alguna influencia no explicable por la razón en las cosas del mundo.” (Diccionario de uso de María Moliner)

  • superstition: “a belief or practice resulting from ignorance, fear of the unknown, trust in magic or chance, or a false conception of causation.” (Merriam Webster’s Collegiate Dictionary)

  • superstición: “Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón. (DRAE)

Según la primera definición la religión sería una superstición pues defiende una “influencia no explicable por la razón en las cosas del mundo”, a saber, la de las entidades sobrenaturales correspondientes, que en el caso de la cristiana serían, por poner un ejemplo, Dios, la Virgen, los ángeles, el Demonio, los santos…

La definición del Webster es muy interesante porque podría ser una enumeración de las causas que dieron lugar al nacimiento de las religiones. Las religiones intentan resolver la ignorancia humana acerca del mundo mediante sus explicaciones mitológicas (el Enuma Elish; las cosmogonías griegas; el Génesis); desarrollan determinados ritos con la idea de influir sobre el mundo físico (rezos, sacrificios, misas); y achacan los fenómenos naturales a la voluntad de los dioses.

La del DRAE introduce un matiz nuevo, “extraña a la fe religiosa”, que reduce el campo de aplicación del término extraordinariamente. Lo malo es que, al no dar ningún rasgo positivo de lo que es superstición pero sí dos negativos tan potentes (“extraña a la fe religiosa”, “contrario a la razón”), ‘superstición’ parece haberse convertido en un término vacío, sin referentes.

Cuando uno no entiende algo lo mejor es acudir a las fuentes, pues allí muchas veces uno se encuentra las causas cuyas pistas después el tiempo y la malicia se han encargado de ocultar. Una de las fuentes principales del DRAE es el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias. Es curioso porque en la entrada correspondiente a superstición me he encontrado con la misma cita de Cicerón que había visto previamente en el diccionario español-latino de Agustín Blánquez, en la que el romano dice que ya sus mayores habían distinguido entre religión y superstición. Parece claro que desde antiguo ha preocupado a algunos que estos dos conceptos pudieran confundirse.

Vamos al texto: en el Tesoro se dice que superstición es “una falsa religión y un error necio”. Es maravilloso. Qué claridad. Qué concisión. Ahora sí que veo perfectamente el rasgo diferencial que en la definición del DRAE se ha perdido, quizá por pudor, quizá por miedo a dejar el término al capricho de la interpretación de cada cual: la diferencia entre la religión y la superstición es que la primera es verdadera y la segunda es falsa.

Total, que para saber si una creencia es supersticiosa basta con saber si pertenece a la religión verdadera. Total, que desde este punto de vista, para un ateo, todas las religiones son supersticiones, mientras que para un creyente, supersticiones son las religiones… de los otros.

¡Viva el relativismo!

¿Qué piensas de la fe?

La fe es el acto de soberbia por excelencia. Cuando alguien echa mano de su fe para justificar sus ideas está despreciando a la razón, la lógica y, lo que es peor, al prójimo, al que no concede nada. Cualquier profesión de fe es un acto de desprecio a quienes no la tienen, a los que se juzga como equivocados sin posibilidad de redención, porque nada vale, ni argumento ni hecho, para refutar la fe.

Muchas veces nos acusan a los escépticos de ser unos engreídos que pretendemos imponer la razón en todos los ámbitos. Esto es realmente gracioso, porque cuando uno intenta defender un discurso racional se está sometiendo voluntariamente a las reglas de un juego al que, como he dicho antes, todos podemos jugar, y está aceptando tácitamente el juicio de los otros jugadores acerca de sus ideas y argumentos.

Por el contrario, es el discurso basado en la fe el que es absolutamente prepotente, el que se sustrae del juego humano de la razón, el que se sitúa por encima de todo y el que esgrime su verdad como indiscutible.

Nada hay más intolerante que la fe.

¿Qué te parece el cristianismo sin dios?

Ahora los cristianos modernos, como José Antonio Marina o Gianni Vattimo, dicen que lo de menos es el dogma, que lo realmente importante es el obrar, la praxis. Vienen a ser como unos cristianos sin dios, pues lo de menos son las cuestiones sobre la existencia y la naturaleza del creador y lo importante el mensaje de amor de Cristo.

Sin embargo, las cosas no han sido así en el pasado. Siempre que el cristianismo ha conseguido instalarse en el poder se ha caracterizado por una intransigencia respecto a la heterodoxia espectacular. Basta recordar al emperador Teodosio, a los Reyes Católicos y a la “Santa” Inquisición, a Calvino y a Lutero, a Franco, o al papado en general para darse cuenta de que el dogma siempre les ha importado bastante, hasta el punto de montar guerras, expulsar y exterminar pueblos enteros y quemar en la hoguera a quienes no se mostrasen de acuerdo con la ortodoxia.

Pero bueno, por mí que no quede: pelillos a la mar: no seré yo el que culpe a los cristianos de hoy de los pecados de los cristianos de ayer, en especial cuando siguen profundizando en ese proceso histórico consistente en vaciar el cristianismo de todo contenido (“no, si lo de la Biblia son metáforas”, “no, si la Biblia no es un libro de ciencias naturales”, “no, si el infierno no es un lugar, es la ausencia e Dios”, “no, si el limbo no existe”) dando un nuevo paso diciendo que no, que ni siquiera hace falta creer en dios, que basta con quedarse con el mensaje, que es un mensaje de amor, de caridad.

Por mí perfecto. Me suena algo simplona esa vaga apelación al amor, como si todos estuviésemos de acuerdo en qué es eso del amor; pero bueno, mientras no me quieran imponer su amor a la fuerza, allá cada cual.

Sin embargo, hay algo que no acabo de entender. Ellos dicen proponer a la humanidad el modelo cristiano como un modelo universalmente válido. Si de verdad tiene esta vocación ecuménica, si de verdad quieren proponer un modelo que todos podamos aceptar para lograr así un mundo mejor, ¿por qué se empeñan en utilizar una marca tan desprestigiada como “cristianismo”?, ¿por qué encabezar su propuesta con un título que saben insultante para una buena parte de la humanidad?, y, sobre todo, ¿por qué empeñarse en hablar de religión cuando parece que sus intereses son de tipo ético?

Sinceramente, un error tan grueso en gente tan lista me hace sospechar, porque si tan universalistas son sus pretensiones y tan diferentes son en realidad de otros cristianos del pasado, usar una denominación que necesariamente les conecta con ese pasado no tiene sentido.

A no ser que, en el fondo, no renieguen de sus orígenes. Pero entonces su propuesta no pasa de ser una broma de mal gusto.

No sé.

¿Apoyó el Papa el Big Bang? ¿Apoya la teoría del Big Bang la existencia de Dios?

En 1951, Pio XII apoyó la teoría del Big Bang por ver en ella una interpretación del Génesis y una evidencia de la existencia de dios. Lemaître, que además de cura era físico y un tipo muy listo, desaconsejó este apoyo, por si nuevos descubrimientos científicos no eran tan favorables.

Treinta años después se demostró que Lemaître tenía razón. En la misma conferencia en la que Stephen Hawking propuso que el universo como un todo, incluido el tiempo, es una variedad sin borde, por lo que el universo, según sus palabras, “no sería creado ni destruido. Simplemente SERÍA”, el Papa le dijo a él y a los otros asistentes que los humanos no deberían investigar el momento de la creación.

Es así la cosa: si me vale, lo acepto. Si no, pues no.

Lo cierto es que la teoría del Big-Bang no está en contra de la existencia de Dios, pero tampoco a favor, claro. La teoría habla de lo que pasó después de “la gran explosión”, pero no antes. De hecho es compatible con montones de teorías acerca de qué fue lo que lo originó: un agujero negro, una fluctuación cuántica del vacío, el rebote de un Big Crunch…

También es compatible con la existencia de un ser poderosísimo que decidió hace trece mil millones de años crear una bola de energía de enorme densidad y dejar luego que la ruptura de la simetría hiciese el resto del trabajo. Lo que no entiendo, la verdad, es en qué se parece esto al mito del Génesis.

Otra posible explicación es que un estudiante de secundaria de otro universo, mientras preparaba su trabajo de investigación de último curso, generase en el laboratorio un microagujero negro con los parámetros adecuados para generar un subuniverso estable durante un lapso de tiempo algo mayor del habitual.

¿Cuál es el verdadero sentido de la Biblia?

No hay que ser un experto, ni mucho menos, para entender que una colección de mitos de variado origen como es la Biblia difícilmente puede tener un significado unívoco. Que esto es así lo demuestra además el hecho de que el mismo texto haya sido interpretado tantas veces de maneras tan distintas. Ahí están las herejías, ahí están las distintas confesiones cristianas, ahí está la propia Iglesia católica cambiando su interpretación del texto según fuesen los vientos de la historia.

Tras leer la Biblia uno puede dudar entre pensar que allí se habla de un dios que es todo odio y violencia… o justo lo contrario, que allí se habla de un dios infinitamente bondadoso. Lo cierto es que ambas visiones, y muchas otras, son verdad, porque en realidad en la Biblia no se habla de un solo dios, sino de muchos. Por eso es lógico que las distintas historias, pese a los esfuerzos de maquillaje de la Iglesia católica, no cuadren. Es precisamente su riqueza literaria la que ha permitido que sirviese para justificar prácticamente cualquier cosa, guerras, cruzadas e inquisiciones incluidas.

Lo que no acabo de entender es cómo justifican los católicos el que la Biblia, la presunta revelación de Dios a los hombres, sea tan difícil de entender que exija tener un master en hermenéutica.¿No hubiese sido mejor que se hubiese expresado con un poco más de claridad? Voy más allá: ¿por qué hacer unos seres lo suficientemente estúpidos como para no entender su Verdad y luego castigarlos con el infierno eterno? ¿Es eso un acto de amor?


Las grandes preguntas

¿Existe la realidad?

Bueno… es obvio que algo existe, porque estamos aquí, porque pensamos, porque sentimos dolor… Existir sin duda que existe algo. Otra cosa es que lo que percibimos sea la realidad tal cual, o tan solo una versión, o un aspecto, o una ilusión, o un engaño, o… Y otra cosa es que eso que existe sea expresable de un modo preciso y único.

Por otra parte, la hipótesis de la realidad es bastante útil, siempre y cuando no nos la creamos demasiado.

¿Existe la verdad absoluta?

Hablar de la verdad absoluta no tiene sentido. Lo que sí podemos es hablar de verdades más o menos útiles, más o menos adecuadas para relacionar palabras, pensamientos y experiencias y para manejarnos con el mundo. ¿La Tierra es una esfera? Bueno, más o menos. ¿La Tierra es un disco plano? Pues no. ¿Hemos alcanzado la verdad al respecto? Pues depende del grado de exactitud que necesitemos: como aproximación, es verdad que la Tierra es esférica. Pero no hay que confundir el mapa con la realidad. De modo absoluto, NO es verdad que la Tierra sea esférica. De hecho, no solo es que esté achatada por los polos, sino que para poder considerarla esférica hay que prescindir de todas esas molestas arrugas que tanto la afean… Luego, de alguna manera, la Tierra no es una esfera en absoluto. Tampoco es plana y, sin embargo, para muchos fines es mejor pensar en ella como si lo fuese (de hecho, así la percibimos), aunque para otros muchos es obvio que la metáfora esférica es más adecuada. En matemáticas hablaríamos de propiedades locales y globales. No pasa nada por considerar localmente plana a la Tierra, pero no si necesitamos, o queremos, estudiarla globalmente.

Es decir, que el concepto de verdad absoluta no tiene sentido porque dependiendo de para qué la queramos será una verdad u otra la que nos interese. Volvamos al ejemplo de la forma del planeta Tierra. ¿Cuál sería la verdad absoluta acerca de su forma? ¿Un mapa escala 1:1? ¿Y levantado en qué instante? ¿Y contando la atmósfera o sin ella? ¿Y hasta donde consideramos que hay atmósfera? ¿Qué densidad de materia consideramos?

El problema deriva de la propia pregunta. Nos preguntamos acerca de la forma de la Tierra como si existiese algo independiente en algún sitio que es conocido como “la forma de la Tierra”. Pero no lo hay, no hay un mundo de las ideas donde esa idea esté depositada y nosotros podamos ir a “descubrirla” para dar respuesta a nuestra pregunta. La gran trampa es el lenguaje: hablamos de “la Tierra” y creemos que existe la Tierra; hablamos de “la forma de la Tierra” y creemos que existe la forma de la Tierra, pero en realidad no son más que expresiones lingüísticas con las que intentamos manejar un puñado de percepciones. Cuando decimos que la Tierra es plana, o esférica, o fractal, estamos diciendo, simplemente, que vista desde cierto punto de vista, a cierta escala, y para ciertos fines, la Tierra se percibe de un modo parecido a como pensamos en un plano, una esfera o una fractal.

Donde sí se puede hablar de verdades es dentro de un determinado juego de signos. Es una cuestión de definición: por ejemplo, en el seno de las matemáticas, son verdades aquellas cosas que se definen o que se deducen. Y ya está. En el poker es verdad que el trío gana a la pareja. El problema surge cuando utilizamos los signos para hablar del mundo. ¿Por qué? Pues porque en el mundo no existen unas reglas que nos digan a priori qué se entiende por verdadero.

El problema de no disponer de las reglas del juego se agrava con la característica más destacada del propio juego: su extraordinaria complejidad. Hasta la cosa más nimia parece un mundo en sí misma cuando se observa de cerca. La situación más elemental se presenta trufada de matices, aspectos, niveles, relaciones y variaciones que la hacen aparentemente inabarcable.

Dicho o dicho podría pensarse que la situación es desesperada, pero no es así, siempre y cuando uno no tenga una necesidad patológica de certezas, claro. Lo que tenemos que hacer es, al tiempo que nos hacemos preguntas, ir construyendo el conjunto de reglas que en cada caso vamos a utilizar como criterios de verdad. Pensemos por un momento en una amplia sonrisa. Si lo que nos interesa en este momento es captar la emoción que nos produce, posiblemente no hay verdad más adecuada que un poema o una canción. Si lo que queremos es reproducirlas virtualmente, no habrá mejor verdad que un escaneado tridimensional. Y si lo que queremos es verificar el estado de salud de la dentadura que soporta la sonrisa, no habrá verdad más eficiente que una radiografía.

El escaneado, la radiografía y el poema son tres verdades, tres aspectos, tres aproximaciones a algo que es todo eso y mucho más. No es más verdad el escaneado que la radiografía, ni esta que el poema. No podemos establecer una jerarquía entre ellas porque son incomparables: las metáforas literarias, las analogías ópticas, los modelos digitales corresponden a juegos distintos, con reglas distintas. Sin embargo, sí que podremos comparar poemas con poemas y escaneados con escaneados y decidir así cuáles son más verdaderos.

Resumiendo: la verdad es plural porque muchos son los aspectos del mundo. Pero eso no quiere decir en absoluto que todo valga. El poema no curará una posible caries. Y si el escaneado está mal hecho nadie reconocerá en la pantalla la sonrisa original. Aunque no existe la verdad absoluta, unas verdades son mejores que otras.

No tenemos por qué renunciar a la verdad. Por el contrario: inventar las reglas del juego y buscar las verdades correspondientes es una de las tareas más apasionantes que podamos imaginar.

¿Existe el libre albedrío?

Está claro que todos vivimos inmersos en sistemas con más o menos restricciones legales, políticas, sociales… Es evidente que estas restricciones nos hacen más o menos libres, pero también está claro que se trata de algo puramente contingente, algo que depende de los azares de la historia. Por eso, para simplificar el discurso, vamos a suponer que estamos libres de limitaciones de este tipo.

La cuestión entonces se reduce a saber si tenemos la capacidad de elegir y de obrar en consecuencia.

Toda elección es un proceso de cálculo. A partir de los datos disponibles analizamos pros y contras y elegimos alguna de las alternativas que se nos presentan. Raramente este cálculo se hace conscientemente, pero esto es lo de menos. Lo importante ahora es que se realiza en nuestro órgano de toma de decisiones: el cerebro.

El cerebro, para realiza sus cálculos (sean razonamientos, analogías, comparaciones emocionales, simulaciones o tiradas de dados), pone en funcionamiento una compleja programación que durante toda su vida se ha ido nutriendo de la herencia genética y cultural, de la educación recibida y de cuantas experiencias concretas ha vivido el individuo.

Un proceso así es evidentemente determinista, pues las decisiones dependen de lo que previamente hayamos metido dentro de la máquina de pensar.

Hay que decir, sin embargo, que puede que este determinismo se vea alterado por el azar. Hay teorías que afirman que en el funcionamiento cerebral influyen los fenómenos cuánticos, y estos resultan ser, en cierta medida, azarosos.

De lo dicho se deduce que nuestro comportamiento es una mezcla, por el momento imprecisa, de determinismo y azar. Dicho de otra manera: nuestro comportamiento está completamente condicionado, salvo cuando es aleatorio.

Si recordamos la cuestión que estábamos estudiando, a saber, si tenemos la capacidad de elegir, no nos queda más remedio que decir que no, que no elegimos, sino que calculamos (cuando no echamos los dados). Otra opción es seguir a Leibniz en aquel estupendo juego malabar consistente en afirmar que ser libre es hacer lo que nos corresponde por como somos, pues si hiciésemos otra cosa no seríamos nosotros mismos…

¿Cómo encaja con todo la sensación de libertad?

De varias maneras. Por un lado, nosotros no somos conscientes de los cálculos que se realizan en nuestro propio cerebro: tan solo somos conscientes de los resultados finales, que nos llegan como salidos de la nada, como fulgurantes decisiones. Por otro, la complejidad del sistema de influencias que configuran nuestra programación hace que el resultado de los cálculos sea en general impredecible. Además, esa misma complejidad nos hace únicos, pues el conjunto de las influencias recibidas nos individualiza. Todo esto, unido a la posibilidad ya indicada de que el azar cuántico pueda influir en nuestros cálculos genera esa sensación de libertad que experimentamos cuando “tomamos decisiones”.

Dicho de otro modo: sentimos que decidimos libremente porque no tenemos ni idea de cómo decidimos. Esta situación se intensifica cuando pasamos al campo de la acción. Según las últimas investigaciones el cálculo no es suficiente para actuar. De hecho, solo actuamos si nuestro sistema emocional así lo decide. Para poder llevar a efecto cualquier decisión surgida de un pensamiento racional es imprescindible el empuje de las emociones, lo cual no hace más que aumentar la sensación de libertad, al parecernos nuestros actos productos de la espontaneidad, de algo que nos sale de dentro, de un cierto porque sí aparentemente sin fundamento. En realidad esto no es así, porque los sentimientos y las emociones son también sistemas de información acerca del mundo. Pero la sensación es la sensación.

Resumiendo: existe una libertad que depende del mundo exterior y que consiste en que se den las condiciones materiales para que podamos llevar a cabo nuestros deseos. Existe otra libertad interior, consistente en poder elegir y actuar según esa elección. En realidad no hay elección sino cálculo, pero ser inconscientes de dicho cálculo nos hace experimentar intensamente la sensación de que nuestras decisiones no están condicionadas, de que son espontáneas, libres.

Dicha así, esta conclusión puede resultar insatisfactoria, pero, si se piensa, no podríamos habernos encontrado con nada mejor. ¿Lo sería acaso averiguar que actuamos porque sí, que nuestras decisiones son producto únicamente de una especie de ruleta interior? ¿Actuar de un modo completamente azaroso nos haría más libres? Yo pienso que no. Una moderada dosis de azar es interesante en casi todos los sistemas, porque aporta posibilidades inesperadas. Pero un sistema completamente azaroso no es un sistema: en realidad no es nada, tan solo confusión, un pozo de arenas movedizas.

Queda una última cosa por contestar: qué hacer. Dado que somos máquinas con una programación compleja, ¿nos dejamos llevar por la situación dada y ya está? Evidentemente, cada uno es libre de hacer lo que le plazca (es una broma), pero yo pienso que es más interesante dedicarse a complicar aún más la programación. Si la dejamos como está corremos el peligro de que nuestras decisiones se vean influidas en exceso por un determinado conjunto de influencias, sean estas familiares, ideológicas, tribales… Además, cuanto más pobre sea la programación, cuanta menos información disponga nuestro procesador para realizar sus cálculos, peor lo hará.

Por el contrario, si multiplicamos la fuentes de información, las teorías, las experiencias, si llenamos nuestro cerebro de pensamientos de otros y si, además, incrementamos el tiempo de cálculo, es decir, si generamos nuestros propios pensamientos, conseguiremos una combinación más rara, más especial, una mezcla única que hará que nuestras decisiones sean más independientes de cada uno al ser dependientes de tantos. No sé si a eso le podemos llamar libertad, pero es lo más parecido que podemos lograr. En cualquier caso, resulta más divertido que ser demasiado fiel a uno mismo.

Y paradójico.

**

Hay una razón para insistir en esto del cálculo. Se trata de la cuestión de la responsabilidad. Pensemos en un asesino. Si aceptamos que los humanos somos libres para tomar nuestras decisiones, entonces somos responsables de ellas, y por tanto el asesino culpable y merecedor de castigo. Si, por el contrario, consideramos que cada humanos es producto de lo que le ha tocado vivir (familia, clase social, sistema educativo, estado), entonces esa responsabilidad se ve diluida si no eliminada, y entonces el asesino se convierte en un desfavorecido por las contingencias de la vida y los errores de sistema.

En el primer caso ajusticiaremos al asesino. En el segundo caso nos plantearemos qué ha hecho mal el sistema e intentaremos “reinsertar”, “reeducar”, corregir en suma el error social.

Las dos alternativas son evidentemente extremas, y las sociedades occidentales se mueven entre estos dos polos. El cristianismo, por ejemplo, insiste en el libre albedrío de los hombres. Es lógico que así sea porque sin él todo el juego de premios y castigos que plantea pierde sentido. La Justicia, al menos en España, para poder castigar a alguien no solo debe probar el delito, sino asegurarse de que el acusado era responsable de sus actos en el momento de cometerlo. Aquí reside la importancia de la pregunta acerca del libre albedrío: ¿somos plenamente responsables de nuestros actos?

¿Existe el espíritu, lo espiritual? ¿Existe el alma?

Si por espíritu entendemos el conjunto de las funciones intelectuales de la mente humana, sí, claro que existe. Si por espíritu entendemos algo trascendente, un alma inmaterial o algo así, sencillamente no he encontrado ningún indicio de su existencia… salvo en las películas de miedo.

Para quienes creen en la existencia de un alma inmortal, tengo algunas preguntas: ¿cómo se sabe de su existencia?; ¿en qué consiste?; ¿cómo se relaciona con el cuerpo?; ¿qué sentido tiene la unión de un alma inmortal con un cuerpo mortal?; ¿para qué sirve el cerebro?; ¿qué pasa con el alma cuando muere el cuerpo?; ¿dónde estaba antes?; ¿tienen alma los fetos?; ¿cuándo se produce la unión del alma con el cuerpo?; ¿tienen los animales tienen alguna clase de alma?; ¿pueden reencarnarse las almas?; ¿las almas de los muertos se pueden comunicar con los vivos?; ¿funciona la ouija?

¿Cuál es el sentido de la vida?

Pienso que la vida no tiene ningún sentido. Quiero decir ninguno externo. Cada uno puede intentar llenar la vida con lo que le parezca, con aquello a lo que le inclinen su educación y los azares de la existencia. Pero nada más.

Desde luego, lo que no creo que nos dé sentido es ser la clac de ningún creador egocéntrico.

¿Qué es el ser humano?

El ser humano es un animal, un cierto simio catarrino, producto, igual que las bacterias, las acelgas o los tigres, de la evolución por selección natural, es decir, del azar. Es un puñado de átomos, una casualidad, un porque sí, como todo lo demás.

Su característica principal es la capacidad de inventar narraciones. Con esto quiero decir que es capaz de imaginar el mundo, incluido él mismo, dentro de su cabeza, construir narraciones para intentar explicar el pasado y hasta inventar posibles alternativas para el futuro.

Esta capacidad de pensar el futuro le permite preguntarse por las consecuencias de sus actos y preguntarse cuál de entre las distintas posibilidades es la más adecuada. Este es el origen de la moral como conjunto de reglas y de la ética como reflexión sobre esas reglas.

¿Cuál es el valor de este animal, de este simio? Pues el que él mismo esté dispuesto a darse. A veces nos comportamos como si la vida de cada ser humano no tuviese el más mínimo valor. Otras somos capaces de reconocer en cada individuo un fin en sí mismo. ¿Entonces? Pues será lo que nosotros queramos, porque los valores son invento humano. Nada extrínseco a la humanidad nos va a decir cómo comportarnos, qué acuerdos vamos a adoptar, qué reglas nos conviene considerar inviolables y qué importancia le vamos a dar a cada individuo de la especie.

En el mismo momento en que alcanzamos la capacidad de plantearnos preguntas éticas alcanzamos la capacidad de inventar las contestaciones.

¿Qué hay después de la muerte?

Nada. La muerte es el fin. Todas las funciones cerebrales (conciencia, memoria, inteligencia, emociones, sentimientos) desaparecen con la muerte del cerebro. Supone por tanto la desaparición de todo lo que hace del individuo lo que es.

Los humanos hemos deducido de la muerte de los demás que nosotros también nos vamos a morir. Este conocimiento no cuadra demasiado bien con uno de nuestros instintos básicos: el de supervivencia.

Por otra parte, los humanos hemos visto en sueños (y algunos en visiones) aparecerse a personas muertas. Les hemos visto moverse y hasta hablarnos. Si al deseo de no morir le unimos la prueba testimonial que nos proporcionan los sueños de alguna clase de existencia post-mortem, es fácil entender que la creencia en la vida del más allá haya calado en muchas culturas.

Tememos a la muerte porque tememos a lo que desconocemos. Epicuro y Lucrecio decían que este miedo desaparece cuando uno entiende que la muerte es el fin y que lo importante es haber llevado una buena vida. Yo no le tengo miedo a la muerte. Pero no me quiero morir, que es distinto, y por una simple razón: estoy muy bien aquí y quiero seguir disfrutando.

Es un asunto este muy relacionado con el orgullo. A muchos les ocurre que ni concebir pueden que un día vayan a desaparecer para siempre. Pero el que uno no pueda creer que algo vaya a ocurrir no implica que no vaya a ocurrir.

¿Cuál es el origen de la vida?

Hallar el origen de la vida es hallar, fundamentalmente, el origen del ADN, el ARN y de todo ese montón de estupendas moléculas en las que se basa la vida tal como la conocemos. El problema se suele plantear en términos probabilísticos: es tal la complejidad de estas moléculas y tan complejo el juego que se traen entre ellas que la probabilidad de que surgiesen al azar en el caldo primigenio es prácticamente cero.

Para resolver esta dificultad tenemos varias teorías:

Tenemos por ejemplo el trabajo de Stuart A. Kauffman, que dice que la emergencia de la vida se fundamenta en una “transición de fase hacia conjuntos moleculares colectivamente autocatalíticos en sistemas termodinámicamente abiertos”, lo cual viene a decir que si bien sería bastante improbable que surgiese una molécula que se produjese a sí misma, que aparezcan tres moléculas A, B y C tales que A produzca B, y B produzca C y que en cierto momento C produzca A, es algo mucho más probable.

Por su parte, Cairn-Smith explica que antes de los ácidos nucleicos los cristales de arcilla pudieron hacer las veces de material genético y soporte para la construcción de moléculas más complejas. Es decir, que la arcilla pudo servir de paso intermedio, de cimbra, para más complejas estructuras.

Otro trabajo interesante es el de Freeman J. Dyson: ha acotado el número de monómeros y la cantidad de moléculas necesarias para que se produzca el salto espontáneo de sistemas desordenados a sistemas ordenados y muestra que tal salto es probabilísticamente posible.

Además, aunque las condiciones sobre la Tierra no fuesen las idóneas, podría ser que algunas de moléculas orgánicas se originasen fuera de nuestro planeta. Esta teoría, inicialmente planteada por Juan Oró, explica que ciertas moléculas orgánicas tiene más probabilidad de producirse en el espacio, gracias a que la radiación ultravioleta rompe los enlaces químicos, mientras que el frío del espacio favorece el que estos materiales permanezcan juntos y se reorganicen.

No pretendo decir que estas sean todas las ideas que se barajan al respecto, ni mucho menos. Tampoco sé si son las mejores. Pero son buenas, y muestran que aunque no sepamos aún cómo fue el proceso exacto de aparición de la vida, lo cierto es que disponemos de algunas ideas realmente interesantes.

¿No necesitas pensar que somos algo mas que “objetos perecederos”?

En primer lugar, lo que uno necesite o sienta no tiene por qué tener que ver con la realidad. Yo puedo sentir la necesidad de que haya mayor justicia en el mundo, pero eso no hace que la haya.

En segundo lugar, no, no necesito pensar que soy eterno ni nada parecido. Procuro que mi vida sea lo más rica posible y nada más. Mi existencia no es un medio para no sé qué fin futuro. Yo soy un fin en mí mismo (es algo que ya dijo Kant), y en ese sentido procuro que cada día me depare satisfacciones suficientes para seguir tirando.

Lo que nunca he llegado a comprender es qué tiene de consolador creer que todo esto, la vida, no sea más que un reality show montado por alguna especie de sádico ser superior para decidir quién pasa a la siguiente fase o no.

¿Crees en el amor?

Amor es de esas palabras que por tantos significados que tienen en realidad no significan nada. El amor puede ser pasión arrebatadora, emoción estética, admiración intelectual. Puede ser el cariño que nace del roce, el sentimiento de camaradería, el instinto tribal, la atracción sexual, la genética relación paternofilial. También es amor un muy solidario sentimiento de empatía universal, o la cálida sensación de pertenencia, o la emoción del agradecimiento, o la manifestación de un deseo, o la expresión de una atracción, o de una obsesión. Incluso llamamos amor a la satisfacción que nos produce sentirnos en presencia de los símbolos que expresan nuestra particular visión del mundo.

De lo dicho se deduce que la pregunta “¿crees en el amor?” es una tontería, porque no hace falta creer en el amor: el amor es un hecho, dado que todos hemos experimentado, en distintas combinaciones y grados, varias de las sensaciones, emociones o sentimientos que englobamos bajo esa palabra.

A mucha gente le gusta repetir la simpleza esa de que “el amor es el motor del mundo” como si estuviesen diciendo algo. En realidad el amor es fuente de unidad, y de conflicto. El amor es fuente de felicidad e infelicidad, de vida y de muerte, de paz y de guerra, de integración y de marginación. El amor, en sus distintas facetas, es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros. Siempre implica acercarse a otro, pero muchas veces ese acercamiento implica a su vez la exclusión de otros. Es fuente de razón y locura, de empatía e incomprensión, de crecimiento y destrucción.

En resumen: de todo y de nada. Por esa manía que tenemos de creer que detrás de cada palabra hay algo tendemos a creer que existe una sustancia llamada amor de la que participan todas sus manifestaciones. Pero no es así. Tan solo es una abstracción, un exceso de generalización, un intento de simplificar el mundo llamando igual a lo que en realidad es dispar y solo tiene en común cierto aroma de generosidad.

El amor es maravilloso, sin duda. Pero solo algunos amores. Y solo a veces.


Sobre el conocimiento

¿Cuáles son las fuentes de conocimiento?

La razón y la experiencia (aquí incluyo emociones y sentimientos), pero no separadas, sino en trabazón, en permanente crítica mutua.

Lo demás, lo que trasciende a la razón, no es más que ilusión, además de basarse necesaria y ciegamente en la fe, pues para creer en un conocimiento trascendente hay que creer previamente en que algo nos puede transmitir ese conocimiento trascendente.

¿Y los sueños, la intuición, el concepto de belleza, la suerte… no son fuentes de conocimiento? Sí, claro que sí, en la medida en que pueden servir como heurísticos, como procedimientos para encontrar cosas. Pero solo la razón y la experiencia permiten distinguir las buenas teorías de las estupideces.

(A los que niegan la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación les aconsejo que lean algo de ciencia).

¿Es la razón omnipotente?

No. La omnipotencia es un concepto ridículo creado por los hombres para consolarse de su propia limitación mediante el mero truco lingüístico de la negación. La razón, al igual que todas las demás potencias de los humanos, es limitada.

¿Habla la matemática acerca del mundo? ¿Explica la matemática las causas de las cosas?

No directamente. La matemática habla de regularidades, habla de objetos abstractos y de las formas en que se relacionan. A veces sirven para describir ciertos aspectos del mundo físico, y a veces no. De lo que nunca habla es de causas. Podemos establecer con ella modelos de cómo funciona el mundo, pero nunca explicar con ella por qué es así el mundo.

¿Es la ciencia una religión?

La ciencia no es una religión, pues no defiende ningún conjunto de creencias. Propone teorías descriptivas acerca del mundo que son puestas a prueba por la crítica racional y por la experiencia. No tiene sentido “creer” en la ciencia. Por el contrario, a la ciencia hay que criticarla despiadadamente: es lo más saludable.

Otra cosa es que haya gente que cree en la ciencia como quien cree en la astrología o en la virgen de Fátima, que los hay. Pero es que hay personas que se hacen una religión a partir de un cantante de moda, de un équipo de fútbol, de una dieta alimenticia, de una corriente cultural o, también, de la ciencia.

¿No son la ciencia y la religión dos formas distintas de explicar el mundo?

La ciencia, aunque tantas veces se diga lo contrario, no explica nada: tan solo intenta describir. Por su parte, la religión no describe nada, pero pretende explicarlo todo.

¿Hay que aceptar el conocimiento de los antiguos?

Los antiguos acertaron en muchas cosas y se equivocaron en muchas otras. La escuela pitagórica, por poner un ejemplo, logró hallazgos extraordinarios en geometría, pero su propio éxito le llevó a exagerar la potencia de sus hallazgos. Hoy, precisamente gracias a los antiguos, sabemos más que ellos, lo cual nos permite ver algunos de sus errores. La cultura consiste en aprovecharnos de ese saber acumulado… y también de hacer limpia de vez en cuando.

¿Qué podemos aprender de las experiencias místicas?

Por experiencia mística se entiende una experiencia directa de la divinidad. Los que no hemos tenido nunca una experiencia así no podemos aprender nada de las de los demás, pues no son comunicables, de la misma manera que no puede comunicarse la experiencia de escuchar una sinfonía de Shostakovich a alguien que no haya escuchado antes una sinfonía de Shostakovich.

Por su parte, los que las han tenido tienen el tremendo problema de no poder saber si aquello que experimentaron fue una alucinación o alguna otra cosa.

Me dicen que leyendo a algunos místicos (Santa teresa, San Juan de la Cruz) se ve claramente que no dudaban en absoluto de lo místico de su experiencia. Y es cierto: precisamente ese el problema de muchos creyentes: que no dudan.

**

Cuando digo que no he tenido experiencias místicas quiero decir que no he creído nunca sentir a dios ni a ningún otro ser sobrenatural. Sin embargo, sí he tenido otro tipo de experiencias que muchos relacionan con aspectos de la divinidad y que me han llevado a la siguiente teoría:

A veces, tras la ingesta de ciertas sustancias, o la meditación continuada, o por causa del hambre, o una experiencia sensorial intensa, los humanos somos capaces de dejar de olvidarnos del lenguaje. En estas circunstancias, los estímulos que recibimos del exterior no se ven filtrados por las palabras, lo que nos lleva a tomar conciencia directa de las sensaciones. Es esta una experiencia de gran intensa que casi todos los que la han vivido definen en términos parecidos: eternidad, infinitud; unicidad; silencio; paz…

El lenguaje es la herramienta con la que discretizamos el mundo: lo que para la mente no entrenada puede ser un caos sensorial, se nos presenta perfectamente organizado gracias a las palabras, que nos ayudan a separar y agrupar unos estímulos de otros: ese montón de colores y olores y sonidos es un tigre, nos decimos; esa inmensidad azul de ahí es el mar, nos decimos. Es importante darse cuenta de que este clarificar el mundo que observamos lo consigue el lenguaje a base de separar unos estímulos de otros, de imponer barreras entre unos grupos de estímulos y otros: aquí termina el tigre y empieza la selva, nos decimos; aquí termina el mar y empieza la playa, nos decimos.

¿Qué ocurre si por algún procedimiento somos capaces, aunque sea por un momento, de dejar de lado las palabras? Pues que la separación entre estímulos, en buena medida, desaparece. No del todo, porque nuestro cerebro está ya acostumbrado a tratar como unidades a los tigres y al mar. Pero al no disponer de palabras no sentimos las limitaciones que el lenguaje impone a nuestra percepción del mundo. Al no disponer de la palabra minuto sentimos el tiempo sin limitación; al no disponer de la palabra kilómetro sentimos el espacio pero sin limitación; al no disponer del nombre de las cosas percibimos el mundo, pero sin límites, sin fronteras entre las cosas.

Cuando volvemos de ese estado alterado de conciencia y recuperamos el lenguaje, al intentar describir esas sensaciones sin límites las palabras que acuden a nuestra conciencia son aquellas que expresan esa ausencia de límites: eternidad, infinitud, unicidad… Pero en este punto deberíamos recordar que no ver los límites no quiere decir que no los haya.

Que otros interpreten que han alcanzado el cielo, que se han hecho uno con el cosmos, o que han entrevisto la eternidad no es más que un exceso de imaginación. O de soberbia.

¿Debe enseñarse la religión en las escuelas?

Como fenómeno histórico, literario y filosófico sí, dentro de las asignaturas de historia, literatura y filosofía. Pero de ningún modo desde el punto de vista doctrinal porque…

  • Pienso que los niños deben aprender lo que son los unicornios.

  • Defiendo la libertad de cada cual a creer en los unicornios.

  • Pero estoy absolutamente en contra de que en la escuela se intente convencer a los niños de la existencia de los unicornios, sencillamente porque no tenemos ningún indicio de ello.


Sobre dioses

¿Se puede probar la inexistencia de dios?

Los humanos hemos imaginado la existencia de dioses de todo tipo, por eso no tiene sentido hablar de una demostración única. Pero si hablamos de dioses concretos sí que ha habido demostraciones. Por ejemplo, Epicuro y después Lucrecio ya vieron las contradicciones lógicas que suponía la existencia del panteón greco-romano. Siguiendo sus pasos los ilustrados demostraron la imposibilidad lógica de un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad. Por sí mismo el concepto de omnipotencia es contradictorio.

Demostrar la no existencia de algo puede ser imposible. Demostrar que los unicornios no existen quizá exigiese recorrer todas las praderas del mundo y todos los regazos de todas las doncellas del mundo para verificar que en ninguno de esos sitios hay un unicornio. Pero en algunos casos sí que se puede probar la imposibilidad lógica de la existencia de algo, por ejemplo, cuando la misma definición contiene una contradicción. Un ejemplo: “existe un número natural que es a la vez uno y tres”. Basta echarle un vistazo a los axiomas de Peano para ver que un número así no puede existir. Otro ejemplo; “existe un ser todopoderoso, omnisciente y todo bondad”. Basta echarle un vistazo al diccionario y al mundo para ver que un ser así es imposible.

¿Se puede probar la existencia de dios?

Dado que no existe lo veo difícil… Ha habido varios intentos. He aquí las refutaciones de algunos de ellos:

¿Existe un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad?

La existencia de mal en el mundo hace lógicamentre imposible la existencia de un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad. Si es omnisciente, cuando creó el mundo sabía lo que iba a ocurrir. Si es todo bondad no le hubiese deseado tanto dolor a “sus hijos”. Si es todopoderoso, lo hubiese evitado.

Dicho de otro modo: si dios es omnisciente y omnipotente entonces es malo, porque permite el dolor de sus criaturas. Si es realmente bueno entonces o no es todopoderoso o es idiota.

Este argumento suele ser contestado de modo estándar diciendo que Dios “creo al hombre libre“, de modo que el mal proviene del hombre, y no de Dios.

Las contrarréplicas son bastante obvias:

  1. Si Dios sabía cuando hizo el mundo cómo iba a ser cada uno de los segundos de mi existencia, ¿qué sentido tiene hablar de libertad? ¿Acaso podría yo haber actuado de un modo distinto al modo en que Dios sabía que yo iba a actuar? Añadir la libertad de las criaturas al paquete “omnisciente, omnipotente y todo bondad” lo vuelve lógicamente imposible.

  2. Suponiendo que fuese posible, que el ser humano sea libre no exime a dios de su responsabilidad, pues si es omnisciente sabía lo que cada humano iba a hacer con su vida desde el momento mismo de la creación, por lo que todo cuanto pasa en el universo es porque Él lo quiere. Incluido el mal. Pretender que algo pasa sin que Él lo quiera es poner limites a su omnisciencia o a su omnipotencia.

  3. Especulaciones aparte, tenemos la realidad: es un error hablar de que la humanidad, en conjunto, es libre. Las categorías no pueden ser libres, solo los individuos pueden serlo. Y basta mirar el mundo para darse cuenta de que hay mucha gente que no es libre: ¿son libres los niños que mueren de hambre y de asco? ¿Son libres quienes nacen rodeados de miseria, de hambre, de dolor? ¿Son libres las mujeres violadas por soldados embrutecidos por las drogas? ¿Son libres los que ven sus casas destruidas y a sus seres queridos mutilados o muertos por terremotos e inundaciones? ¿Son libres quienes ven cómo caen las bombas sobre sus cabezas?

Con sinceridad: si miramos un poco más allá de las privilegiadas vidas que vivimos algunos, ¿podemos creer en un ser superior y pensar que es bueno? ¿Podemos darle las gracias por haber hecho un mundo así?

Solo una cosa más: ¿por qué introdujo el cristianismo la idea de que Dios había concedido libre albedrío a los humanos? La respuesta parece evidente: porque necesitaba hacerlos responsables y poder así amenazarlos con los castigos del infierno. Sin el miedo el cristianismo no hubiese durado dos siestas.

¿La existencia del universo implica necesariamente un creador?

No. Hay otras alternativas: el universo existe desde siempre; el espacio-tiempo es una variedad multidimensional cerrada; el cosmos (incluido el tiempo) surgió por una fluctuación cuántica de un caos previo en el que el tiempo no tenía sentido; el big-bang se produjo a partir de un agujero negro de otro universo…

El humo es indicio del fuego porque la experiencia nos dice que muchas veces el humo es indicio de fuego (pero no siempre). A escala humana es útil pensar que todo efecto tiene su causa. Pero hacer de esta regla empírica algo necesario y extrapolarla además al universo como un todo está completamente injustificado.

Además, la hipótesis de un creador no explica nada.

¿La hipótesis de un creador explica algo?

No, porque no hacemos más que trasladar el problema. Si nos preguntamos quién creó el universo y decidimos que un creador, también podemos preguntarnos quién creo a ese creador. Si aceptamos que al creador no le creó nadie, de la misma manera podemos aceptar que el universo no fue creado por nadie.

Imaginemos un misterio policial. Imaginemos que encuentran a un hombre con un cuchillo clavado a la espalda en el interior de una habitación cerrada desde el interior. Hubo que forzar la puerta para entrar. Los investigadores rodean a la víctima. Están desconcertados. No saben explicar qué ha podido ocurrir. Entonces uno va y dice: “¡lo tengo!”. Cuando los demás le piden detalles, contesta: “el culpable ha sido un ser misterioso que escapa a nuestro entendimiento”. Pregunta: ¿aceptarían los investigadores la tesis de su colega? Me da que no.

Además, hay otras teorías.

¿La complejidad del universo no es prueba de un diseñador?

Los humanos hemos descubierto mecanismos que permiten que el orden surja del caos sin la intervención de ninguna mente consciente: la teoría de la evolución es el primer y más genial ejemplo, aunque la más moderna teoría de la complejidad trata de modo más general el funcionamiento de los sistemas autoorganizados.

Tenemos la mala costumbre de endilgarle todo aquello que no entendemos a algún ser fantástico. Lo hicimos con el rayo y el fuego. Lo hicimos con el sol. Lo hicimos con nuestra propia inteligencia. Es el famoso argumento del relojero: si alguien se encuentra un reloj de inmediato piensa en un relojero. Pero es esta una analogía que no se puede llevar demasiado lejos: si alguien sin conocimiento de geología se encuentra un perfecto cubo de pirita seguramente pensará también en un orfebre humano, cuando resulta que se trata de una forma mineral completamente natural.

Además, ¿por qué un dios? ¿Por qué no pensar en una especie superior de la que nuestro mundo es un mero experimento? ¿O por qué no pensar en un genio maligno a lo Descartes que nos alimente con impresiones virtuales? ¿O por qué no postular que el universo conocido es una burbuja de orden en un mucho más vasto caos? ¿Por qué una explicación fantástica y no otra?

¿Es posible un ser todopoderoso?

No, es lógicamente imposible. Como pasa con todos estos conceptos inventados a base de negar los límites naturales, en cuanto se piensa un poco en ellos se descubre su sin sentido.

  • Un ser todopoderoso no puede dejar de ser a la vez que seguir siendo, luego no es todopoderoso.

  • Un ser todopoderoso no puede dejar de serlo a la vez que seguir siéndolo, luego no es todopoderoso.

  • Un ser todopoderoso no podría crear un ser que actuase en contra de sus designios, luego no es todopoderoso.

Recuerdo algo que cuando lo oí de crío me impactó: ¿puede Dios crear una piedra que no pueda levantar él mismo?

Con esto no pretendo negar la existencia de no sé qué seres capaces de mover galaxias de sitio. Lo que niego es la existencia de algo omnipotente.

¿No será que Dios ha hecho el mundo como es para poner a prueba a los humanos?

Genial. Un ser todopoderoso hace unas criaturas imperfectas y luego las pone a prueba. Que eso se haga en una cadena de montaje de coches tiene sentido, porque los ingenieros, los operarios y las máquinas pueden cometer fallos y por tanto producir coches imperfectos, pero un ser todopoderoso… ¿por qué habría de producir seres imperfectos? ¿Para ver cómo fallan después? Ya son ganas de fastidiar…

¿No crees que el Dios de la Biblia, en su bondad, hizo libres a los hombres?

Es completamente absurdo decir que Dios es bondadoso porque nos da libertad. ¿Qué pensaríamos de un padre que por darle libertad a su hijo deja que se despeñe y se mate aún sabiendo con absoluta certeza que se va a despeñar y a matar?

Esto de la libertad que Dios concede al hombre suele utilizarse para intentar justificar la existencia del mal y así superar la contradicción lógica que supone postular un ser omnisciente, omnipotente y todo bondad.

Además, ¿qué significa ser libres?

¿No será que Dios es una energía, el origen del Big Bang, un aliento vital, algo indefinido…?

Muchos son los que, sin creer en dioses personales, mantienen el rescoldo de su fe haciendo de dios una energía, el origen del Big Bang, un aliento vital, algo indefinido, la totalidad, lo uno, y cosas así.

Está claro que es un intento desesperado, un querer salvar lo muebles simplemente aferrándose a las palabras. Da igual que a lo que llamamos “dios” sea un magma energético o una abstracción lógica: la cosa es que tener algo a lo que llamar dios permite seguir siendo creyente y seguir disfrutando del calorcillo reparador de pertenecer a algo más grande que uno mismo. También permite, por supuesto, seguir negando el ateísmo y a los ateos.

Recuerdo que de crío escuché que habían encontrado pruebas de “vida volcánica” en no recuerdo qué planeta. Entendí perfectamente qué querían decir con aquello de “vida volcánica”. Sin embargo, el simple hecho de encontrar la palabra “vida” asociada al nombre del planeta me produjo una gran conmoción, porque significaba que en los planetas había vida. Volcánica, sí, pero vida.

Pues esto es lo mismo. Da igual que a lo que llamemos dios no tenga personalidad, ni rasgos definidos, ni apenas características. La cosa es poder decir: “dios existe”.

Pues vale.

¿La creencia de tantas gentes y tantas civilizaciones no es prueba de la existencia de dios?

El principio democrático está muy bien en política, pero sirve de poco si lo que buscamos es conocimiento. La mayoría de la gente pensaba que el mundo era plano, y no lo es. La mayoría de la gente sigue pensando que las nubes están hechas de vapor, y no es así. Apoyar la creencia de uno en la creencia de los demás es como tirarse por la ventana por la sencilla razón de que Vicente se tira por la ventana.

¿De qué sirve matar a dios?

¿De qué sirve haber aprendido que el rayo no lo manda el dios Thor porque esté cabreado sino que es un fenómeno electromagnético azaroso? Pues muy sencillo: para dejar de hacerle ofrendas a Thor y dedicar el tiempo a construir pararrayos.

¿Por qué le dedicas tanto tiempo a hablar de dios?

Porque es un tema filosóficamente interesante. Porque pienso que las religiones constituyen uno de los males del mundo. Porque la gente me escribe al respecto. Porque me gusta pensar. Porque desde siempre he disfrutado con la literatura fantástica…

 

Bibliografía urgente

  • El relojero ciego, Richard Dawkins.

  • La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche.

  • Historia de la ética, Alasdair MacIntyre.

  • Investigaciones sobre el conocimiento humano, David Hume

  • Tratado de ateología, Michel Onfray.

  • El quark y el jaguar, Murray Gell-Mann.

  • Cómo crear el mundo, Peter W. Atkins.

  • El azar y la necesidad, Jacqes Monod.

  • Desde un punto de vista lógico, Willard Van O. Quine.

  • El positivismo lógico, A.J. Ayer.

  • Por qué no soy cristiano, Bertrand Russell.

  • El error de Descartes, Antonio Damasio.

  • La biología del futuro, AA.VV. Edición de Murphy y O´Neill.

  • De la naturaleza de las cosas, Lucrecio.

  • La naturaleza humana, Jesús Mosterín.

Como dije al comienzo, todo esto fue tomado de Epsilones, página levemente matemática.

 

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3 comentarios to “Soy ateo”

  1. Rodrigo Says:

    ¿ateo?, te meto el deo,ja,ja,ja
    la fe no le sirve a algunos y es útil para otros, un tipo realmente científico que cree en los hechos y en la demostración, cree en la repetición a mano, en la demostración por repetición, te dejo este desafio: repiteme un pez, repiteme un rayo, repiteme la vida, una sola célula a partir de los elementos primordiales, bueno, ahi te dejo ese pequeño desafio

  2. mijhailjmd Says:

    Acepto el reto. A la naturaleza le tomó 9500 millones de años, a partir del big bang, crear la vida en la tierra. Claro, todo fue ensayo y error, además de unas cuantas “casualidades” estadísticas. Pero como mi experimento va dirigido exclusivamente a la creación de vida, sólo me voy a tardar unos mil años, tal vez menos. El truco de esto es que el planeta/ecosistema ya existe (iba a poner “está CREADO”…!!!) y que mas o menos tengo conocimientos de las cadenas de aminoácidos que debo “crear” para comenzar el experimento.

  3. amulet Says:

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